Padre, madre e hijo en la alfombrilla

Padre, madre e hijo en la alfombrilla

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Una mañana en el aeropuerto de Caracas me crucé con Freddy. Nos conocemos desde hace poco más de 10 años cuando yo era reportero de espectáculos. Él me cuenta que viene de Puerto Ordaz de trabajo y se había dado un masaje porque tenía mucha tensión en la cervical. Su confesión por supuesto nos lleva al yoga. En ese momento le explicó los beneficios de la práctica para la columna vertebral y en plena sala de espera le pido que se acueste boca abajo en el piso para descomprimir sus vértebras, apenas me tomó cinco minutos y Freddy sudó hasta los malos pensamientos; y lo mejor se le alivió el dolor.

Cuando se levantó me prometió que comenzaría las clases a mi regreso. ¡Sorpresa! Me llamó y ahora lleva cuatro sesiones, y lo más bonito fue que involucró a la su esposa, quien sí tenía experiencia. Ya eso es ganancia porque la motivación es mayor. Y aún más cuando se suma otro pariente, en este caso: su bebé de ocho meses. Así es esta actividad, está diseñada para todos los integrantes de la familia.

El yoga en familia es una forma genial de fomentar el encuentro en un ambiente distendido, relajado y diferente. Ayuda a fortalecer el vínculo afectivo y a comunicarnos en un plano espiritual.

Así ocurrió con Freddy, Mary y Felipe durante una hora. Cada uno ocupaba una alfombrilla y realizaban los ejercicios a su justa medida. En algún momentos los papás involucraban a su hijo en un ejercicio, también se alternaban el cuidado mientras le corregía la postura. Fueron pasando los minutos y todos quedaron con una paz única y en silencio. Freddy no se lo podía creer, el niño lloró al inició de la clases, pero cuando los veía moverse el pequeño se tranquilizaba.

El yoga es así: tranquilizador, terapéutico, espontáneo, creativo, enérgico y emocional. Acá les dejo las fotos para que lo noten.